24 de junio de 2012

Skaters y religiosos, Stevenson y Whitman

Domingo. Viajo en un microbús 101-D. Hay una reunión de skaters en El Salvador del Mundo. Inmediatamente pienso en la convocatoria y la logística que tuvo que existir para que todos es@s jovencit@s se reunieran en ese lugar. Son muchos, varios cientos con toda seguridad. En ese momento comienzan a abandonar la Plaza las Américas hacia otro lugar, se toman la calle y paran el tráfico.
En los escasos minutos en que el microbús tarda en dar la vuelta a la citada plaza, se ha armado toda una discusión dentro, iniciada por un señor entrado en años que porta un libro grueso con señas de ser Biblia. «Así está el desorden en la actualidad». Alguien le contesta: «Sí, en vez de estarle ayudando a sus padres o estudiando, andan vagando, perdiendo el tiempo.»
Yo pienso en lo que dicen y recuerdo una fábula de Robert Louis Stevenson, El renacuajo y la rana:
― Deberías tener vergüenza ―dijo la rana―. Cuando yo era un renacuajo, no tenía cola.
― Es lo que pensaba ―dijo el renacuajo―. No has sido nunca un renacuajo.
Y recuerdo que siempre he admirado a los skaters, por su sentido de libertad, por su know-how particular y esencialmente porque (parece) que no les importa absolutamente nada más en el mundo, en el universo entero (que según dicen está en expansión constante), que subir a su patineta, remar y sentir el viento rozando su rostro. En ese sentido, puedo afirmar que mi admiración se prolonga hacia los religiosos que creen las cosas a su manera y a quienes Dios les dota de la certeza de que todo tiene una razón, un motivo, aunque éste sea desconocido o conocido hasta últimos momentos.
Es inevitable para mí pensar que cualquier skater podría decir absolutamente lo mismo, o su equivalente, de una reunión de religiosos cristianos y hasta de cualquier otra denominación religiosa. Ambos son religiosos a su manera; ambos creen cosas; ambos actúan en consecuencia. Y de las diferencias vienen los contrastes y los señalamientos en contra. No pueden existir dos iguales en un mismo espacio; uno termina por odiar en otros lo que uno mismo padece, aún cuando sabemos que la diferencia en mínima.
(«A mí, que todo me preocupa, no me preocupa Dios./ No me preocupan ni Dios ni la muerte./ Yo oigo y veo a Dios en todas las cosas, pero no lo comprendo,/ como no comprendo que haya nada en el mundo más admirable que yo./ ¿Por qué voy a empeñarme en que Dios sea otra cosa mejor que este día?/ En cada hora hay algo de Dios/ y en cada minuto también./ En el rostro de las mujeres/ y en el rostro de los hombres está Dios,/ y en mi propio rostro lo veo también cuando me miro al espejo./ Encuentro cartas de Dios en la calle,/ cartas firmadas con su nombre/ y no las recojo porque sé que en cualquier sitio encontraré otras semejantes./ Miles y miles me saldrán al paso, puntuales, por dondequiera que camine.» Walt Whitman)