21 de abril de 2012

De cómo entretenerse en lugares aburridos y con cuestiones serias

Un niño de dos años y medio reposa en las piernas de su madre en la fila del Ministerio de Hacienda, un lugar muy aburrido. En un momento, extiende su mano hacia mí y gime. Quiere que le preste el audífono que está enganchado a mi oído izquierdo. Yo lo veo y me parece lindo. Es como un adulto pequeñito que no puede hablar. Extraigo el audífono de mi oído y se lo doy. El niño de dos años y medio lo toma y lo examina minuciosamente; parece ser lo más enigmático que ha visto en el mundo. Lentamente (y sin decirle) lo lleva a su oído derecho de dos años y medio. Al escuchar, sus ojos, que hasta el momento han estado anclados al extremo como queriendo recorrer el camino a su oído, se abren considerablemente y se dirigen hacia mí. Al parecer, Deadmau5 le parece lo más raro que ha escuchado en la vida.
Es ese momento cuando el niño de dos años y medio es el mismo niño de sesenta o setenta y tantos años de A serious man. La misma escena, con circunstancias distintas, el mismo asombro, el mismo desconcierto y no saber. El niño de sesenta o setenta y tantos años mira el radio como lo hace el niño de dos años y medio. Ambos examinan las partes y no saben cómo es que hay música dentro. No saben cómo Jefferson Airplane y Deadmau5 caben dentro para cantar Somebody to love y Dr. Funkenstein.
¿Qué escuchará el niño cuando crezca, cuando sea adolescente y le llegue la rebeldía, cuando sea adulto; qué canciones usará para enamorar a alguien; qué canciones serán «del recuerdo» cuando sea viejo?/ ¿Escuchará radio; existirá la radio tal como la conocemos o se inventarán nuevos artefactos o todo, como parece, irá volviéndose inmaterial e ínfimo hasta el punto de ser casi imperceptible y las ondas entonces llegarán hasta transmisores incrustados en el oído interno como una especie de «telepatía»; será retro-pop la música concreta y el tecktonik y el dubstep serán como el tango; qué drogas serán sus acompañantes?/ ¿Será una sociedad como la de Huxley planteó en Un mundo feliz en 1932; se necesitará de la música, del arte, de Shakespeare y Beethoven y Da Vinci?/ ¿Y si...

(Hacerse preguntas existenciales es tan divertido en un lugar tan aburrido como el Ministerio de Hacienda.)

9 de abril de 2012

Nota que encontré tirada en la calle Chiltiupán (again) cerca del Redondel El Platillo


Es la segunda vez que me encuentro una nota así, en el mismo sector. Aquí está la primera.

7 de abril de 2012

Corría 1996

y pasaba por dos separaciones que en su momento me afectaron mucho (mi hermana se casó y se fue de la casa, mi hermano se fue a vivir fuera del país). Tenía trece años, una computadora con sistema operativo MS-DOS, monitor monocromático, ranuras para floppy disks de 5,25" y 3,5", y me gustaba la música. Me gustaba mucha música. Escuchaba todo lo que pasaban a través de los canales locales (Canales 17, 19 y 23) y hacía listas semanales de las canciones que más me gustaban, quizá para olvidarme un poco de lo que estaba viviendo y ocupar mis pensamientos en algo.
Cada archivo semanal sólo permitía ser nombrado con un máximo de ocho caracteres, así es que me las arreglé para indicar a qué semana correspondía cada archivo. Por ejemplo: la primera lista en estas imágenes se llama L15-21NB, lo que significa que es la Lista del 15 al 21 de NoviemBre de ese año.
He reído mucho ahora, recordando ciertas canciones, buscando otras en Youtube para recordarlas y saber que en algún momento de mi vida cruzaron el espacio entre mis orejas. No recuerdo por qué eran 14 canciones semanales, aunque, conociéndome, probablemente sea por la edad que estaba por cumplir.
Les dejo unas fotos de las listas que escribía antes de crear los archivos en Wordperfect Flowcharting 3.






3 de abril de 2012

Ellos se juntan

Hoy ha sido un día memorable: terminé de leer los Trópicos de Miller.

Hacia el final de la novela, Henry habla de ella:

«Quiere irse. Irse... Otra vez su cadera, ese deslizarse escurridizo como cuando bajó del baile y se acercó a mí. Otra vez sus palabras: “De repente, sin razón alguna, se agachó y me levantó la falda.” (…) Tiemblo cuando la plenitud de su muslo me roza. Parece incluso un poco más alta que yo, aunque no lo es. Es por la forma como alza la barbilla. No nota por dónde camina. Camina sobre las cosas, sin mirar, con los ojos completamente abiertos y mirando al vacío. Sin pasado, sin futuro. Hasta el presente parece dudoso. El yo parece haberla abandonado, y el cuerpo se alza hacia adelante, con el cuello lleno y alto, blanco como la cera, lleno como la cara. Sigue hablando en esa voz baja y ronca. Sin principio, sin fin. No soy consciente ni del tiempo ni del paso del tiempo, sino sólo de la intemporalidad. Tiene la pequeña matriz de la garganta conectada con la gran matriz de la pelvis.»

Y en ese momento recordé a Anaïs Nin, quien, en Delta de Venus, cuenta:

«Se tumbaban boca abajo, vestidos aún, abrían un nuevo libro y leían juntos al tiempo en que se acariciaban. Se besaban sobre las imágenes eróticas. Sus bocas soldadas caían sobre enormes y prominentes traseros femeninos, piernas abiertas en compás, hombres gateando como perros, con miembros descomunales que casi se arrastraban por el suelo. Una figura representaba a una mujer torturada, empalada en un madero que le entraba por el sexo y le salía por la boca. Tenía la apariencia de la suprema posición sexual y despertó en Elena un sentimiento de placer. Cuando Pierre la tomó, le pareció que el gozo que sentía mientras el pene la hurgaba se comunicaba con su boca. La abrió, y su lengua asomó, como en el grabado, como si quisiera tener metido el pene en la boca al mismo tiempo que en el sexo.»

Y sentí que eran dos momentos, cercanos o lejanos da igual, de una misma historia.