23 de marzo de 2012

Candy

Candy ve mi libro de Henry Miller y me pregunta si voy a la universidad.
Candy me dice que dejó de estudiar «Ciencias Jurídicas» en Sonsonate y que le gusta ir al campo a comprar jocotes de azucarón, «porque ahí los venden más baratos».
Candy llama la atención: es rubia, usa una blusa de color negro sin mangas muy escotada y un pantalón blanco lo bastante ajustado para marcar su bonita figura, a pesar que ya no es una jovencita. Como accesorios lleva una collar dorado y una cartera pequeña que imita una Louis Vuitton.
Candy dice que hace unos diez años fue modelo. Me dice que tuvo mala suerte. Un día, en San Salvador, un carro la atropelló y no pudo seguir viniendo a los ensayos con «el Licenciado».
Candy me muestra los lugares donde tiene algunas cicatrices. Me dice que le dieron 20 puntadas en la cabeza («de aquí a aquí») y que ella le decía a la enfermera que no le cortaran el cabello. «Dé gracias a Dios que está viva», le contestó la enfermera.
Candy quería volver a «lo del modelaje», usando una peluca que le prestó su amiga. Ella misma le advirtió que «se le podía caer». No lo hizo.
Candy cuenta que a veces las familias «no lo apoyan a uno en lo que quiere».
Candy dice que últimamente ha tenido problemas por la herencia de su abuela, quien «dejó la casa a nombre de mi tía, mi mama y yo. Ella sólo quería dejármela a mí, pero yo dije que no, pensando que se molestarían; ahora más problemas ha dado eso».
Candy dice que la mala suerte hace que no quiera seguir estudiando «un profesorado; quizá me hubiera ido mejor». Un tío que está en Los Ángeles le prometió ayudarle pero ella no siente razón en seguir estudiando.
Candy va con Michelle, su hija de siete años, hacia el Hospital Bloom. Le están curando una quemadura que se hizo en el pie. «Le han injertado piel.»
Candy tiene una mirada tierna que pocas veces deja ver.
Candy ríe tímidamente, sin siquiera volver a verme, cuando Michelle se despide de mí: «adiós, Brandon.»