Fito Páez
Uno no se da cuenta del poder de la música. Por básica o simple que sea, en la constante repetición de las canciones se transmiten una serie de conocimientos, saberes, experiencias, formas de ser, ideologías. Toda una vida, una forma de ser, una perspectiva del mundo, una eternidad, caben en los cinco minutos (o menos) que dura una canción.
Pensé en esto al ver una chica cantando una canción de Pitbull en un microbús. Vestía de un animal print extraño, como si fuera de algún felino extraterrestre junto con una falda a rayas. No parecía de la ciudad. Movía sus labios casi imperceptiblemente; durante el coro de la canción, el movimiento de los labios era más evidente. Parecía en un trance en el cual iba rellenando con sus propias vivencias los versos de la canción de Pitbull, aunque no hiciera más que repetir las líneas mismas de la canción. (Este fenómeno, a gran escala, repetido hasta la saciedad, es lo que busca la propaganda.)
Todo un proceso de construcción se da en el momento de escuchar una canción. La construcción de alguien nuevo, más allá de ser bueno o malo. Alguien escucha a otra persona, al autor de la canción. Al momento de escuchar (y gustar) de Piutbull me convierto, de alguna manera, en Pitbull, me vuelvo un poco él. Al momento de escuchar (y gustar) de Prokofiev, soy un poco Prokofiev, adopto su ser por un momento, gozo su ritmo, su tiempo, su carácter y, en última instancia, vivo su vida, al menos por un momento. Este vivir su vida puede llegar a transformarme para siempre. La canción y el autor, en última instancia, son construidos al momento de escuchar la canción.
Esta misma dinámica se puede aplicar, con toda seguridad, hacia otras ramas del arte, de la expresión humana. El otro día, por ejemplo, frente a un cuadro de Salarrué, me sentí Salarrué, pensando en que físicamente, él, en algún momento (largo, corto, no importa) estuvo frente a ese cuadro, en ese mismo espacio que es distinto pero que me hace sentir que el cuadro lo hago, lo pinto yo, mientras lo veo y ocupo el espacio que Salarrué ocupó algún día. El cuadro es un bodegón de frutas (que actualmente está en la exhibición permanente del Museo de Arte de El Salvador, MARTE). Y son las frutas más vivas que he visto, más frescas que las de cualquier publicidad de supermercado, más vivas, aún, que las frutas de verdad.
Quizá este sea el gran poder (un tanto olvidado) del arte, y de cualquier tipo de expresión humana, más allá de concebirla como una obra de arte o no (porque lo bello y los cánones artísticos cambian con el viento y cada uno los amolda a su propia perspectiva de mundo) o de tener características artísticas o no.
Esa chica vestida de un animal print urbano extraterrestre basta para comprobar que el arte y las expresiones humanas de distinta naturaleza pueden servir para algo, sirven para algo, en la medida en que dichas expresiones sean compartidas socialmente, como es la naturaleza de las mismas. Aquellos desesperanzados que piensan y sienten que el arte sirve para nada (porque «es un simple goce estético», porque «es sólo para intelectuales», porque «no se generan cambios a gran escala», por la razón que sea), pueden estar advertidos.
Esto me lleva a pensar en el incomprendido y existencialista (a la fuerza) Arte Contemporáneo, el cual pone a prueba al público que generalmente se define poco receptivo a dicho tipo de propuestas. Al igual que el reggaetón, el Arte Contemporáneo es una forma de expresión y, como tal, es un elemento constructor de los seres humanos, por pocos (o muchos) que sean. Como Ernesto Sabato cuenta en uno de sus libros: «nadie puede ver en una novela, en un cuadro, en un sistema de filosofía, más inteligencia, más matices de espíritu que los que él mismo tiene.»
Basta que una persona pueda verse, oírse, palparse, en una palabra identificarse con alguna expresión, con alguien más (el autor de la misma), para saber que el camino está hecho. Y si nadie se identifica con tal o cual expresión u obra es porque ésta está creando las condiciones para ser apreciada.
Uno no se da cuenta del poder de la música. Por básica o simple que sea, en la constante repetición de las canciones se transmiten una serie de conocimientos, saberes, experiencias, formas de ser, ideologías. Toda una vida, una forma de ser, una perspectiva del mundo, una eternidad, caben en los cinco minutos (o menos) que dura una canción.
Pensé en esto al ver una chica cantando una canción de Pitbull en un microbús. Vestía de un animal print extraño, como si fuera de algún felino extraterrestre junto con una falda a rayas. No parecía de la ciudad. Movía sus labios casi imperceptiblemente; durante el coro de la canción, el movimiento de los labios era más evidente. Parecía en un trance en el cual iba rellenando con sus propias vivencias los versos de la canción de Pitbull, aunque no hiciera más que repetir las líneas mismas de la canción. (Este fenómeno, a gran escala, repetido hasta la saciedad, es lo que busca la propaganda.)
Todo un proceso de construcción se da en el momento de escuchar una canción. La construcción de alguien nuevo, más allá de ser bueno o malo. Alguien escucha a otra persona, al autor de la canción. Al momento de escuchar (y gustar) de Piutbull me convierto, de alguna manera, en Pitbull, me vuelvo un poco él. Al momento de escuchar (y gustar) de Prokofiev, soy un poco Prokofiev, adopto su ser por un momento, gozo su ritmo, su tiempo, su carácter y, en última instancia, vivo su vida, al menos por un momento. Este vivir su vida puede llegar a transformarme para siempre. La canción y el autor, en última instancia, son construidos al momento de escuchar la canción.
Esta misma dinámica se puede aplicar, con toda seguridad, hacia otras ramas del arte, de la expresión humana. El otro día, por ejemplo, frente a un cuadro de Salarrué, me sentí Salarrué, pensando en que físicamente, él, en algún momento (largo, corto, no importa) estuvo frente a ese cuadro, en ese mismo espacio que es distinto pero que me hace sentir que el cuadro lo hago, lo pinto yo, mientras lo veo y ocupo el espacio que Salarrué ocupó algún día. El cuadro es un bodegón de frutas (que actualmente está en la exhibición permanente del Museo de Arte de El Salvador, MARTE). Y son las frutas más vivas que he visto, más frescas que las de cualquier publicidad de supermercado, más vivas, aún, que las frutas de verdad.
Quizá este sea el gran poder (un tanto olvidado) del arte, y de cualquier tipo de expresión humana, más allá de concebirla como una obra de arte o no (porque lo bello y los cánones artísticos cambian con el viento y cada uno los amolda a su propia perspectiva de mundo) o de tener características artísticas o no.
Esa chica vestida de un animal print urbano extraterrestre basta para comprobar que el arte y las expresiones humanas de distinta naturaleza pueden servir para algo, sirven para algo, en la medida en que dichas expresiones sean compartidas socialmente, como es la naturaleza de las mismas. Aquellos desesperanzados que piensan y sienten que el arte sirve para nada (porque «es un simple goce estético», porque «es sólo para intelectuales», porque «no se generan cambios a gran escala», por la razón que sea), pueden estar advertidos.
Esto me lleva a pensar en el incomprendido y existencialista (a la fuerza) Arte Contemporáneo, el cual pone a prueba al público que generalmente se define poco receptivo a dicho tipo de propuestas. Al igual que el reggaetón, el Arte Contemporáneo es una forma de expresión y, como tal, es un elemento constructor de los seres humanos, por pocos (o muchos) que sean. Como Ernesto Sabato cuenta en uno de sus libros: «nadie puede ver en una novela, en un cuadro, en un sistema de filosofía, más inteligencia, más matices de espíritu que los que él mismo tiene.»
Basta que una persona pueda verse, oírse, palparse, en una palabra identificarse con alguna expresión, con alguien más (el autor de la misma), para saber que el camino está hecho. Y si nadie se identifica con tal o cual expresión u obra es porque ésta está creando las condiciones para ser apreciada.
0 bolas de nieve:
Publicar un comentario en la entrada