4 de febrero de 2012

Henry Miller y mi sobrino

Trópico de cáncer, a diferencia de todos los libros que he leído (tratado de leer) en los últimos meses, no me ha aburrido. Casi lo termino y cuando he encontrado pasajes como el siguiente no he podido más que dejar de leer y llorar (seguro que las cosas no iban tan bien por ese tiempo, quizá como hoy):

"He vagado por todo Estados Unidos, y por Canadá y México. La misma historia en todas partes. Si quieres pan, tienes que aceptar la rutina del trabajo, marcar el paso. Por toda la tierra un desierto gris, una alfombra de acero y cemento. ¡Producción! Más tuercas y tornillos, más alambre de púas, más galletas para perros, más segadoras mecánicas para césped, más rodamientos de bolas, más explosivos instantáneos, más tanques, más gas venenoso, más jabón, más pasta de dientes, más periódicos, más educación, más iglesias, más bibliotecas, más museos. ¡Adelante! El tiempo apremia. El embrión está abriéndose paso por el cuello de la matriz, y ni siquiera hay una gota de saliva para facilitar la salida. Un parto seco, estrangulador. Ni un gemido, ni un chirrido. Salut au monde! Salva de veintiún cañones zumbando desde el recto. «Llevo el sombrero como me place, dentro o fuera de casa», decía Walt. Aquélla era una época en que todavía podías encontrar un sombrero de tu talla. Pero el tiempo pasa. Para encontrar ahora un sombrero de tu talla tienes que ir a la silla eléctrica. Te dan un gorrito. Un poco justo, ¿eh? Pero ¡no importa! Te está bien.
Tienes que estar en un país extraño como Francia, caminando por el meridiano que separa los hemisferios de la vida y de la muerte, para saber qué incalculables perspectivas se abren ante ti. ¡El cuerpo eléctrico! ¡El alma democrática! ¡Pleamar! Santa Madre de Dios, ¿qué significa esta insensatez? La tierra está reseca y agrietada. Hombres y mujeres acuden juntos como nidadas de buitres sobre una carroña hedionda, para aparearse y después volver a separarse volando. Buitres que descienden de las nubes como piedras pesadas. Garras y pico, ¡eso es lo que somos! Un enorme aparato intestinal con una nariz para olfatear carne muerta. ¡Adelante! Adelante sin piedad, sin compasión, sin amor, sin indulgencia. ¡No pidáis cuartel ni lo deis! ¡Más acorazados, más gas venenoso, más explosivos instantáneos! ¡Más gonococos! ¡Más estreptococos! ¡Más bombarderos! ¡Más y más... hasta que toda la puta maquinaria vuele en pedazos, y la tierra con ella!"

Leer este pasaje del Trópico mencionado, me hizo recordar una conversación de mi hermana con Rodrigo, mi sobrino, en la que hizo un monólogo que iba más o menos así (en el fondo, creo que hablan de lo mismo):

- Y cuándo tú te mueras, mamá, ¿qué va a pasar? (Pausa.) Pero verdad que si la gente se muere, ¿vienen más abuelitos y vienen más niños? (Pausa más larga.) Mamá, hay bastantes viejitos, bastantes niños… esto no termina…

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