23 de octubre de 2011

Experiencias cotidianas

De cómo un enchufe-cable de radiograbadora es hermoso
sobre la superficie de la refrigeradora de mi casa.

De cómo un monitor de computadora coronado por un tallo de cocos
puede hacerte ver la inmensa soledad que hay en el mundo.

De cómo uno recuerda una partitura de Rachmaninoff.

 De cómo uno no sabe que las lámparas pueden ser pornográficas.

De cómo uno no sabe que las planchas se convertirán tiempo después de usarlas
en una experiencia estética bajo cierta iluminación.

9 de octubre de 2011

Sesión de domingo

El domingo es un día radiante. Salga, camine, vea todo el mundo que existe. Haga las mil y una cosas que pueden hacerse en un día como este, de descanso. Note que todo está puesto ahí para usted. Siéntase un «pequeño Dios» que crea en el mismo momento en que ve. Sea la ciudad, los comerciantes, las situaciones y las nubes. Sea la lluvia que de pronto se presenta en su radiante domingo. Vuelva a casa. No sienta que la lluvia es un impedimento para seguir con todos los asuntos pendientes. Haga limpieza de cuarto, de casa, de lo que sea que esté polvoso o sucio. Sienta hambre, cocine, coma. Cualquier cosa es buena si se tiene hambre. Vaya sintiendo cómo la lluvia calma todo bajo su rumor persistente. Poco a poco vaya sintiendo cómo se calma la lluvia también, esa que es usted, recuerde. Vaya calmándose y vaya sintiendo cómo se calma el sol al final de la tarde. Sienta cómo el sol se va y comience a echarle de menos. Comience a sentir su ausencia. Reúna en ese momento todas las ausencias posibles, las de los seres más queridos, familiares y no familiares. Siga haciendo sus tareas pendientes y sienta cómo, de repente, su pie se está moviendo, como sugiriendo un ritmo. Cambie un poco el playlist de lo radiante de la mañana a algo más acorde a la ocasión. Escoja todas esas canciones que tengan piano, un Rodhes, violines o trompetas con sordina. Mejor si van a tiempo de vals. Empiece a sentir que todo se pone cada vez más frío y que solo sobrevive su playlist. Recuerde las ausencias, las de ayer, las de hoy, las que vendrán. Bien, está solo. La casa, a pesar de usted, está sola. Termine de hacer las cosas más necesarias y siga el ritmo de las canciones. Vaya apagando las luces, poco a poco, si es que las encendió en algún momento. Sienta la casa sola. Deje solo una luz encendida, la más lejana y que no vea directamente. Sienta cómo esa luz baña los muebles y las cosas que ya no están llenas de polvo. Siga haciendo recuento de las ausencias. La amiga, el amigo, la familia. Recuerde todo lo que le ha llevado a estar solo. Recuerde su larga lista de contactos en cada una de las redes sociales existentes. Busque números de teléfono. Pregunte. Sienta el frio y el tango y el bolero. Espere respuestas. Siga viendo la luz que entra por la ventana. Oblíguese a terminar las cosas pendientes y acuéstese en su cama, en su cuarto, en su casa, en su soledad bañada de luz lejana. Comience a sentir la necesidad de un abrazo y las lágrimas con las últimas notas de piano de esa canción que tanto le afecta en este momento. Sienta, de nuevo, hambre. Abrácese o abrace  a las almohadas que son grandes y que son una torpe versión de una presencia.  Llore. Antes, durante y después de cada una de las canciones del playlist auto infligido. Llore más y más hasta que ya no pueda. Recargue las almohadas de más llanto, este día radiante, de descanso.