27 de abril de 2011

De cómo evangelizar usando iconos gay o El Cielo es gay friendly

Postdata: gracias Gus por esta revelación.

Premio a la Perseverancia

26 de abril de 2011

«Hay dos días en la vida»: Dos: Alfombra

Vinieron a mi casa, hace casi un mes, a preguntarme si podría ayudar a dibujar una alfombra para Semana Santa. «Sí», contesté sin dudar. En otro tiempo, quizá, de entrada, habría dicho que no, producto de mi no relación con el mundo fuera de mi dormitorio.
Se acercaba el Viernes Santo y me mostraron un modelo de lo que querían hacer: La Santa Cena, de Da Vinci, con todo y claroscuro y relieve. «Da Vinci no tenía televisión ni internet», comenté, y propuse bajar una versión simplificada, como de libro para colorear.
Así fue. Llegó el día de hacer a alfombra junto a mis vecinos, con los que nunca tuve una relación, a los que simplemente saludo, a los que a veces ni eso. Y fue muy interesante el día con ellos.
(Por tradición siempre he salido a ver las alfombras y siempre he creído que los que las hacen son los menos devotos. He visto marihuaneros, bolos, tatuados y demás coloridos personajes. Quizá sólo yo faltaba. Una explicación para este fenómeno, según un amigo, es que todos se dedican a esto para expiar los pecados cometidos durante el año. Vaya usted a saber si es cierto, aunque yo quiero pensar que sí.)
Ahí estaban el Chino, el Choco, el Chele, el Primo, el Cáscara, Karen, Virgilio, otros más y yo, Payin, como me llaman por estas latitudes, escuchando el reggaetón y la bachata (Aventura es lo mejor, yes, Sir) en el equipo de sonido que algún vecino trajo, y rellenando la alfombra de la Santa Cena, versión pop-colores planos, y escuchando a todos coreando las canciones, y haciendo las bromas más léperas que se pueden en un Viernes Santo. Bien lindo. Lo más chivo es que me dieron un Premio a la Perseverancia.
***
Y sí, hay dos días en la vida, para los que sí nací.

23 de abril de 2011

«Hay dos días en la vida»: Uno: Estadio

En lo que va de este año me han llegado dos nuncas.
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Mi hermano estuvo de viaje hace unos meses. Un día él estaba por salir de casa con mi padre y un amigo, hacia el Estadio Cuscatlán; iban a ver Alianza versus FAS. «¿Ve, cómo es que va un amigo y no yo, que soy su hermano?».
«¿Bueno, y por qué no me llevan?, ¿por qué no me han preguntado si quiero ir?, ¿por qué me excluyen?», pregunté sin esperar respuesta, pues ya había decidido ir con ellos.
Los siguientes minutos fueron desconcertantes: no estaba preparado para ir a ese lugar. ¿Qué ropa vestir?, ¿de qué color?, ¿qué llevar?.
Decidí ir de un color que no tuviera que ver con ninguno de los dos equipos, es decir, nada de azul, rojo o blanco: verde. Luego decidí dejar el libro de Borges. «No se necesita el libro de Borges en un lugar donde a lo mucho se necesitan unas básicas 10 palabras: gol, puta, rica, pendejo, cerote, mierda, penalti, árbitro, pagado, vámonos.
Y bueno, nos dirigimos al Estadio, al «Monumental». Llegamos y una serie de cosas llamaron mi atención.
- La tarifa familiar, para que toda la familia pueda entrar a disfrutar del mascón.
- La tribuna familiar del Alianza, que contrata payasos y pinta-caritas para que entretengan a los niños y promueva las marcas que patrocinan al equipo.
- Las vallas tapizadas de cualquier cantidad de nombres comerciales del Sildenafiil: MK, Levitra, Cialis y demás.
- Los palcos, que son casas en el estadio, con las personalidades de sus dueños proyectadas en sus colores, en sus azulejos, en sus decoraciones, en sus diseños.
- Las pantallas que pasan música de los 80´s, tipo Earth, Wind & Fire, Dona Summer. Canción memorable de ese día: Lady in red.
- Las hamburguesas horribles que venden a dólar, que sólo tienen carne y cebolla, y que son la encarnación literal del peor gusto, tan masificadas, tan poco tratadas individualmente, tan vale verga.
- Los baños, curiosamente feos pero mínimamente limpios.
Entre los cuatro que íbamos, mi padre y el amigo que nos acompañaba le iban al FAS. Mi hermano al Alianza. Yo decidí apoyar al equipo ganador, que en ese caso fue el Alianza.
Con los goles llegó la euforia, y yo ya no quería estar en Sombra preferencial: quería estar en Sol, al frente, donde la Ultra Blanca hace de las suyas con sus tambores, sus cantos, su movimiento, su presencia escénica, sus pancartas de «Alianza, sos la droga de mi corazón» y «hasta mi vida por vos». Donde podría gritar mi admiración por los jugadores cuando se acercaran al lugar, al estilo de «dale, dale, dale, dale, Rudy» (nombre que hasta ese momento no conocía), o donde podría hacer reproches al árbitro o a los jugadores del FAS con la Bubuzela. Cosas así de lindas.
Al final, cuando los 90 minutos llegaron a su fin y los del FAS estaban algo injuriantes y resentidos, mientras los del Alianza estábamos muy alegres por la victoria, pasó un evento que resumió la noche: un tipo de blanco se me acercó, me tocó el hombro y dijo en voz alta: «¿y ése quién es?», señalando al amigo que nos acompañaba, que le iba al FAS, como ya dije. No dejé de sentir un poco de miedo, por no saber qué decir. El tipo siguió sobre mi silencio: «¿es tu hermano?, ¿tu amigo?», para terminar con una frase que aun ahora me da mucha risa: «¿o te lo andas dando?».

20 de abril de 2011

MAMÁAA

10 de abril de 2011

BdA PRTTTA

9 de abril de 2011

Olvidar/equivocar el camino

Un viaje cualquiera, como todos los días. Ir a la universidad temprano y darme cuenta que tengo un compañero que se llama Jeffrey O Brayan (sí, hay una O entre los nombres y no se la agregué yo) y una compañera que tiene un tatuaje borroso de Pucca en la espalda baja, cerca de los camanances, cosas ya referidas en su momento en Facebook. Regresar a casa desde la universidad. Leer en el bus un hermoso cuento de Borges, de ese libro que nunca termino (¿se termina, acaso, de leer a Borges?) y que hurté de algún lugar que con toda razón no mencionaré. Encontrar en un personaje suyo, Baltasar Espinosa, algo de mí. Dejar de leer porque se han subido un metalero y un bohemio-style al bus. A veces, el metalero toca canciones de Héroes del Silencio, ahora acompaña al bohemio-style para hacer un mix de música andina: «El carnavalito» y «El cóndor pasa». Terminan con «Un millón de amigos», versión andina too. Veo sus dedos: los del metalero sobre las cuerdas, los del bohemio-style sobre los orificios de la kena, tan parecidos a sus ojos. Veo sus ojos. Él ve los míos por un instante. Luego sigue tocando, viendo a saber qué. Sigo leyendo. Intuyo el final de Baltasar Espinosa. Final que se ve interrumpido por un vendedor de lapiceros aromáticos. «Le traigo lo que es, mire, el lapicero automático, mire, le tengo varios colores, mire, azul, mire, morado, mire, y rosadito para la hembrita, mire, todos huelen a fresa, mire». El conductor del bus decide pasar a la gasolinera para recargar gasolina. Hoy no me molesta, me da más tiempo para terminar de leer el cuento de Borges. Ya terminé. Es hermoso. Ahora ya no leo, sólo pienso en todo lo que ha pasado, dentro y fuera. En Jeffrey Brayan y su O en medio, en la Pucca borrosa, en Borges escondiéndose de sus espejos, en la botas del metalero que hace acompañamiento andino, en los ojos como orificios de kena del bohemio-style, en la sudadera que usaba el señor que vendía lapiceros, quien parecía acabado de levantar y decía «mire» a cada momento, en Baltasar Espinosa, que «No le gustaba discutir; prefería que el interlocutor tuviera razón y no él». En eso voy cuando la 42-C no cruza en el lugar que debe cruzar. Sigue derecho. ¿Rayos, es ésta una 42-C?, me pregunto, y leo las letras al revés del parabrisas. Sí, dice Ciudad Merliot. Sí, reflexiono, ha pasado por donde una 42-C pasa. Pero ahora sigue derecho en esta calle y debió cruzar. Algo anda mal. Veo al conductor por el rearvievmirror (aquí suena RVM de Pearl Jam), quien parece totalmente feliz y contento de ser Conductor y de Conducir su 42-C sobre esa calle específica. Algo anda mal. He aquí la belleza: a través del rearviewmirror veo el momento preciso en que él se da cuenta que ha equivocado el camino. Veo el momento en que su olvido ha sido reemplazado por la realidad, veo su barba crecida, sus mejillas de pronto sonrojadas, veo, sobre todo, su no poder volver sobre la calle, su «¿en qué estaba pensando?», su vergüenza. Veo a un niño grande, gordo y barbudo que sabe que cometió un error, que olvidó la realidad, que equivocó el camino y que se siente mal, que de verdad está arrepentido por los efectos que esto pueda producir para nosotros. Veo eso y me da una ternura inmensa. Veo eso y no importa dónde me dejará y cuánto más caminaré para llegar a mi casa. Veo eso y no importa nada más en el mundo.

8 de abril de 2011