30 de junio de 2011

Lego, luego existo

No puedo hacer un resumen de mi infancia (por pequeño que sea) sin mencionar a Lego. De pequeño amé sus piezas, sus diseños arriesgados y modernos. De grande sigo amando eso, más su mercadotecnia/publicidad.
Aún conservo el robot Spyrus que me regaló mi hermana cuando era chico. En aquel tiempo, los noventas, para ella y para el nivel socioeconómico de mi familia, fue un regalo caro. Yo morí de la alegría y volví a nacer después de ese regalo. Amé construir y destruir el robot miles de veces, construir y destruir miles de cosas más: naves espaciales, cohetes, vehículos galácticos, etcétera.
Recientemente leí una entrevista con el fundador de Lego, el danés Ole Kirk Christiansen, en la cual decía que “La idea de captar una idea es algo más que la mera analogía visual del acto físico de atrapar. La cultura trazada en la mente no puede existir sin una auténtica cultura de la mano… si a la mano se le permite alcanzar todo su potencial, no solo se le limita a trabajar, sino que además juega… entonces también la mente se desarrollará con mayor libertad. La plasticidad en la mano es la plasticidad en la mente, el objeto agarrado es la idea captada”; no hay párrafo que describa mejor la cualidad de esos pequeños bloques de plástico. (Es el mismo caso que con Barbapapá.)
A mis 28 años sigo jugando, construyendo, siendo, pensando, aprendiendo, todo a través de la mano.

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