29 de noviembre de 2009

En el Espino que cada vez está más espinozo

“Es una iglesia”. “No, es un banco”. “O un centro comercial”.
Bueno, entre las tres, aquí, no hay diferencia.

27 de noviembre de 2009

Images & Words (y V)

26 de noviembre de 2009

Images & Words (IV)

25 de noviembre de 2009

Images & Words (III)

24 de noviembre de 2009

Images & Words (II)

23 de noviembre de 2009

Images & Words (I)

22 de noviembre de 2009

Jordan Rudess Keybord Solo

20 de noviembre de 2009

Otra señal

Un día de estos comprobé (de nuevo) que algo anda mal conmigo: una calcomanía que hermosamente decía “Susténtame Señor” en el autobús y en español, para mi fue, a primeras y en inglés, un contundente “Systematic Caos”.

18 de noviembre de 2009

Un copito sobre mi tío Payin - Pequeño ensayo en verso by Rodrigo

“Aquí tenés un músculo (señalando mi brazo).
No te vayas a caer
porque te vas a golpear la cabeza
que tiene un obstáculo
que es el cerebro.”

16 de noviembre de 2009

En Bruselas

Me detengo frente a un escaparate atiborrado de relojes; los quiero todos, los bonitos, los feos, los bien diseñados, los kitsch y hasta los digitales, cada uno con sus agujitas concretas o latentes, inermes y asesinas. Me gustaría usar relojes pero sólo por usarlos, no para saber la hora. Saber la hora me incomoda y no porque ya sea tarde o porque es muy temprano. Es por el cálculo, la tasación misma.
Supondría, este hábito hasta hoy ilusorio de usar reloj sin querer saber la hora, quitarle la batería para que no funcione más allá de lo requerido, es decir, más allá de la imagen del reloj en la muñeca. O, en caso más freaky, dejarle la batería precisando una hora no común para este meridiano. Entonces sería hermoso Joven, ¿tiene hora?, Claro que sí, señora, en Bruselas son las. Ya no digamos Abu Dhabi o Kuala Lumpur.

14 de noviembre de 2009

Mis (ahora ex) alumnos son QKV

12 de noviembre de 2009

SyL

Memoria de poemas no iba a llamarse así desde el inicio. Uno de los títulos que había pensado fue Libro de Silvia (si, tiene que ver con lo de Libro de Lillian). Razón simple: los textos fueron escritos para, a y por influencia de Silvia, por quién sentí todo lo que escribí. Ahora veo su nombre impreso en el afiche de Cinema Libertad y siento chivo. Felicidades SyL y buen viaje!

10 de noviembre de 2009

Mi Libro de Lillian de Galindo

Una vez platiqué con él en la Biblioteca Nacional. Le dije que desde hace unos días andaba buscando el Libro de Lillian y que no lo había encontrado. “Yo tengo unas copias; te enviaré un ejemplar”, dijo, a lo que siguió el intercambio de dirección y teléfonos de contacto. Eso fue el 2004.
Hoy es el 2009 y, precisamente ayer, encontré en una venta de libros usados del centro un ejemplar de El guerrero descalzo, que contiene el Libro de Lillian, y que, en alguna ocasión perteneció a Matilde Elena López (lo supongo por la dedicatoria que escribe “el autor”). Al fin tengo en mis manos mi Libro de Lillian de Galindo. Y de Matilde, chis.

8 de noviembre de 2009

6 de noviembre de 2009

Flashing Galindo

Ya Nadie develó el secreto de la institución poética nacional, David Escobar Galindo: es, aparte de sus muchas facetas, pero sobre todas la más íntima y verdadera, un...
¿Qué podría agregar a esa contundente e irrefutable verdad?
Simplemente algunas fotografías dispersas y menguadas.

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Recién he terminado de leer Pasión del tiempo de David Escobar Galindo, No.29 de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña; es el primer libro que leo de él.
Antes, hace unos años y durante unos meses, leí las Historias sin cuento, pero llegó un momento en que la idea de una historia sin fin no me pareció muy agradable. Al menos en ese lapso, no pasaba de lo mismo.

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Un amigo, un día, me habló del Índice antológico de poesía salvadoreña: le parecía bien raro que el autor, Galindo, se incluyera y hablara de sí mismo en tercera persona.

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“La poesía es la reconstrucción de yo”.

En Pasión del tiempo, página 183

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“Lo curioso es que estos poemas comenzaron a escribirse en condiciones muy dramáticas para el poeta: mientras aguardaba, en casa de un amigo, recluido allí día y noche, que los secuestradores de su padre le avisaran en que momento tendría que entregar la cantidad de dinero de rescate.”

Galindo en la nota introductoria de Discurso secreto, página 53,
la cual está firmada por “EL AUTOR”

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Discurso secreto es, con toda seguridad, el único libro que me gustó de los compilados por “el poeta”. A mi ver, sobrepasa el carácter subjetivo del evento que lo origina, volviéndolo una búsqueda universal. Como él mismo lo dice en la nota introductoria “la atmósfera anímica” de este poema se ubica en “esa doble y perturbadora dimensión entre lo real cotidiano y lo real clandestino”, para seguir con que es “una meditación y una confesión al mismo tiempo. Y también un murmullo de angustia”. Por alguna razón (que no encuentro aún) me recordó a Kijadurías, pero sobe todo a Octavio Paz en alguno de largos poemas de Árbol adentro, como Hablo de la ciudad (siempre he tenido la idea que Galindo es a El Salvador lo que Paz es a México) (pensaba hoy en que no depende de los poetas parecerse o no a tal o cual, más bien es uno que los hace parecidos, por un resto de razones). Los demás poemas no los siento.

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Los Ejercicios matinales –que son “poesía del pensamiento”- son interesantes por reveladores, del escritor y del proceso de Acuerdos de Paz. En general, se siente un afán de objetivar la realidad, de volver colectivo el sentir personal. Del yo al nosotros. Él, en muchas partes de este libro, asume su posición.
“En esta mesa hay de todo: Abogados, militares, comandantes, médicos, filósofos… Pero lo extraño, lo significativo, lo sorprendente es que haya dos poetas… Aunque, pensándolo bien, es de lo más natural que la Poesía camine a la par de la Historia por los jardines…”, cuenta. O: “Entre los escritores contemporáneos míos, tengo enemigos gratuitos realmente perseverantes. Su odio me asombra, pero no me conmueve. Su saña me intriga, pero no me desvela. Su furia me sorprende, pero no me asusta. Esos enemigos están enojadísimos porque, según ellos yo soy el peor de los poetas de El Salvador, y dicen que la posteridad inmediata me borrará de un plumazo. Si es así, ¿qué les preocupa?”. Difícilmente será borrado, creo yo, más allá de que sea o no un buen poeta.

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En uno de estos Ejercicios, el segundo hijo de Dalton se le acerca y le pregunta por “su viejo”: “Si él estuviera vivo, ¿dónde cree que estaría?”, a lo que Galindo responde “Aquí, en la mesa de negociaciones”. “¿Estarían enfrentados, entonces?”, y Galindo “Bueno, estaríamos frente a frente”. Este es un curioso altercado, teniendo en cuenta el suceso del Duelo ceremonial por la violencia de Galindo y el poema que Dalton le dedica, como replica: La violencia aquí. Ahora también recuerdo haber escuchado una entrevista hecha a Dalton por una radio de La Habana, en donde le preguntan sobre los jóvenes poetas que según su criterio están despuntando. Dalton, en esa ocasión, responde que hay uno prometedor: David Escobar Galindo.

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“Galindo es un gran escritor y no ofende a Dios y a la religión…”, dice mi madre. Dalton, de leerlo, no le gustaría.

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Como ya dije, creo que no será borrado. Al menos es poseedor de uno de los dos peinados más iconográficos de la literatura nacional (el segundo se los debo, será un post individual, piensen quien puede ser).

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Y, hablando de iconografía literaria y a modo de colofón, recuerdo un día en que vi a Galindo en el foyer del Auditorio de FEPADE, para la Semana de la Lectura de este año, dedicada a Claudia Lars y Salarrué. Recuerdo los flashes, todos los flashes. Muchos flashes de muchos medios. Y, al medio de cada uno de ellos, Galindo tocaba (¿o retocaba?) puntos específicos de su iconografía. Flash. Anillo. Flash. Solapa. Flash. Botón. Flash. Cabello. Flash...

4 de noviembre de 2009

Tres que no eran ni uno

“Vaya, mis homies y yo no queremos hacerles daño. Nada nos costaría ponerles el fierro y quitarles sus pertenencias. Hoy andamos tranquilos y sólo queremos una colaboración de un dólar por persona. Tienen cinco segundos para sacarlos. Ya llevan dos.” Eso lo dijo el chico que se quedó adelante, en tono de invitación cordial e imperativa. Otro estaba al medio y otro al final del autobús. Tensión subsiguiente. Silencio por más de tres segundos. Nada. Diez segundos. Nada. Los pasajeros comenzamos a vernos las caras. Y mire cómo son las cosas, hasta para ser ladrón hay que convencer: nadie sacó el dólar. Los tres pequeños ladrones que no hacían ni uno se limitaron a recorrer el bus, humillados, posturas aconchadas, recibiendo lo que algunas personas les daban por voluntad propia y quizá embargados por un dejo de compasión frente a las flaquezas ajenas de tres aprendices. Al bajar, los chicos hablaban entre sí. Supuse que reparaban en lo sucedido, evaluaban qué parte del plan había salido mal, pensaban en cómo ser mejores en sus vidas, en su oficio, de cómo debían pasar de la cordialidad a algo más convincente.

2 de noviembre de 2009

Cosas de diarios

Escribir en un diario –que supone aguantar todo tipo de confesión-: “Yo no lo hice por motivos que prefiero mantener en secreto”*, ya es en sí algo como entre paloma y cuervo.

* Del diario de Henry Spencer Ashbee,
citado por Ian Gibson en El Erotómano