30 de enero de 2009

Sobre las bolas de nieve


27 de enero de 2009

Voy a tener un hijo

Los beibi chaguers son bien raros. Una compañera de bachillerato me invitó al suyo el fin de semana pasado, y yo, tan inocente y ávido de nuevas experiencias y hombre, no pude negarme.
Ajá, como decía, son raros. Comienzan tarde y nadie dice cuando comienzan: yo me di cuenta hasta que me vi en medio de conversaciones extrañas: que los partos se sufren, que ya vas a ver como vas a llorar, que si es niño, que las ultras no son para saber el sexo, que estás gorda, que etcétera. Y yo sólo platicaba con Teresa –a quien poco le interesan esas cosas- o escuchaba canciones para bolos en un mp3 player de Rosalba o simplemente escuchaba lo que se decía.
La comida es rica (y un poco rara en conjunto): tamal de chipilín con queso + empanada de leche + emparedado de jamón con queso y de pollo + gaseosa + pastel + chocolate = felicidad.
Y después llega el momento de los juegos. “Tenés que calcular la medida del estómago con el papel y, si acertás, te ganás un premio”, me dijeron. Y yo, sin ver mucho a Rebeca, la embarazada, corté el papel (no sin antes preguntar si podía cortar a la mitad de uno de los cuadritos y no por la línea punteada). “Como querás”, contestaron. Fui el primero en cortarlo y luego todos (porque habían más hombres) y todas cortaron el suyo. Yo veía el mío, lo extendía, y una señora notó que era muy pequeño. “Ja, ja, ja, bien chiquito lo cortó”, dijo señalándome para que las demás voltearan a verme. Y se rieron de mí, haciendo alarde de su experiencia en beibi chaguers. Y así, después de haber sido humillado públicamente por las madres llenas de experiencia, llegó el momento de ver quien acertaba con su medida de papel. Fui el primero en tallárselo alrededor de la pancita de cuatro meses y, vaya cosas de la vida, quedó justo: ni un centímetro menos, ni un centímetro más. Nadie podía creerlo (este Nadie tiene mayúscula porque es inicial de oración y no porque sea nombre propio). Todas las señoras que se habían reído ya no se reían tanto. Y así me gané el premio: una taza con forma de elefante con chocolates adentro y la noticia inequívoca de que seré padre muy pronto. ¡Dios mío (esta exclamación es retórica), hay que cuidarse!

Postdata 1: todos los que salimos premiados del beibi shaguer (con taza llena de chocolates y señal inequívoca de próxima paternidad) fuimos hombres. Creo que hay gato encerrado en esto.

Postdata 2: bueno, que sea lo que sea. Pero que el cipotiyo no me salga parecido al elefante de la taza.

Postdata 3: Rebeca, felicidades.

18 de enero de 2009

La Libertad

15 de enero de 2009

¡Puta, qué paloma!

12 de enero de 2009

Felicidad

“La persona que desea abandonar el lugar en donde vive no es feliz”, asegura Milan Kundera en La insoportable levedad del ser. Y yo siento que sí; ya lo he sentido. Y pienso en los dos componentes del fenómeno: el primero, tiene que ver con el interior, sobre lo felices que podemos ser con lo que somos, con lo que hacemos, es decir, con la actitud que podamos mantener frente al segundo aspecto, el exterior. Aquí pienso en muchos aspectos de las sociedades (“suciedades” las han llamado muchos): las guerras (las pasadas, las actuales), las limitantes educativas, económicas y varios etcéteras que condicionan los flujos migratorios en todo el mundo, en búsqueda de tantas cosas con tantos nombres distintos que bien pueden resumirse en una sola palabra: felicidad (que para algunos se limita al plano material y para otros es la mayor aspiración que un ser humano puede tener). “Pero me escapé, hacia otra ciudad, y no sirvió de nada porque todo el tiempo estaba en un mismo lugar, y bajo una misma piel, y en la misma ceremonia”, canta Fito Paez en Tumbas de la gloria. Lo cual relaciono con el único poema que he leído de un poeta griego del siglo pasado, Constantino Kavafis, a saber:

La ciudad

Dices «Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí».
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

9 de enero de 2009

Ocio

El año pasado leí un artículo de opinión de Jacinta Escudos en defensa del ocio. Hablaba que en la actualidad pasamos tanto tiempo trabajando que nos olvidamos que el descanso y el ocio (que son distintos) son tan (o más) necesarios que el trabajo mismo. Y yo, un ocioso profesional, me enamoré más de ella. (Me enamoré desde que leí su libro Cuentos sucios, sobre todo por el que se llama Sin remitente.)
“Precisamente es la sociedad productiva la que nos ha impuesto conductas que distorsionan el verdadero sentido de la vida. Si bien es cierto dedicarse a un trabajo que satisfaga nuestras necesidades básicas es algo necesario, se constituye en un verdadero privilegio el poder hacer lo que nos gusta en la vida y vivir de ello con dignidad. O de trabajar en algo que realmente nos apasione y que sea, más que un trabajo, un mecanismo de realización personal y de puesta en función de nuestros talentos”, escribió Escudos. Después de leer esto recordé unos artículos de Marx que leímos en mi clase de Filosofía General (ajá, con el onomatopéyico profesor que decía “tas lo copian y pum lo pegan”), relativos al “hacer” del humano. Cito a continuación un párrafo de El trabajo enajenado: “¿Qué constituye la enajenación del trabajo? Primero, que el trabajo es externo al trabajador, que no es parte de su naturaleza; y que, en consecuencia, no se realiza en su trabajo sino que se niega, experimenta una sensación de malestar más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías mentales y físicas sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente abatido. El trabajador sólo se siente a sus anchas, pues, en sus horas de ocio, mientras que en el trabajo se siente incómodo. Su trabajo no es voluntario sino impuesto, es un trabajo forzado. No es la satisfacción de una necesidad, sino sólo un medio para satisfacer otras necesidades. Su carácter ajeno se demuestra claramente en el hecho de que, tan pronto como no hay obligación física o de otra especie es evitado como la plaga. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo que implica sacrificio y mortificación. Por último, el carácter externo del trabajo para el trabajador se demuestra en el hecho de que no es su propio trabajo sino para otro, que el trabajo no le pertenece a sí mismo sino a otra persona”.
Curiosamente, en esos días estaba releyendo, por las noches, acostado en mi cama, algunas partes de El arte de amar de Erich Fromm, sobre todo la parte inicial donde él busca justificar que el amor es un arte y que es la respuesta al problema de la existencia humana. Y me topé con este otro párrafo que parece parte de un mismo discurso con Escudos y Marx: “Si decimos que el amor es una actividad, nos vemos frente a una dificultad que reside en el significado ambiguo de la palabra «actividad». En el sentido moderno del término, «actividad» denota una acción que, mediante un gasto de energía, produce un cambio en la situación existente. Así, un hombre es activo si atiende su negocio, estudia medicina, trabaja en una cadena sinfín, construye una mesa, o se dedica a los deportes. Todas esas actividades tienen en común el estar dirigidas hacia una meta exterior. Lo que no se tiene en cuenta es la motivación de la actividad. Consideremos, por ejemplo, el caso del hombre al que una profunda sensación de inseguridad y soledad impulsa a trabajar incesantemente; o del otro movido por la ambición, o el ansia de riqueza. En todos esos casos, la persona es esclava de una pasión, y, en realidad, su actividad es una «pasividad», puesto que está impulsado; es el que sufre la acción, no el que la realiza. Por otra parte, se considera «pasivo» a un hombre que está sentado, inmóvil y contemplativo, sin otra finalidad o propósito que experimentarse a sí mismo y su unicidad con el mundo, porque no «hace» nada. En realidad, esa actitud de concentrada meditación es la actividad más elevada, una actividad del alma, y sólo es posible bajo la condición de libertad e independencia interiores. Uno de los conceptos de actividad, el moderno, se refiere al uso de energía para el logro de fines exteriores; el otro, al uso de los poderes inherentes del hombre, se produzcan o no cambios externos. Spinoza formuló con suma claridad el segundo concepto de actividad, distinguiendo entre afectos activos y pasivos, entre «acciones» y «pasiones». En el ejercicio de un afecto activo, el hombre es libre, es el amo de su afecto; en el afecto pasivo, el hombre se ve impulsado, es objeto de motivaciones de las que no se percata”.
Y me puse pensar en un tiempo crucial en mi vida, hace tres o cuatro años, en el cual no sabía para dónde ir, qué estudiar, qué trabajar, qué hacer, en donde sentí unas ganas (románticas) de volverme anacoreta, de irme para algún monasterio, de escaparme, de desconectarme del mundo. Y, partiendo de la negación de mi praxis (eso sonó superfumado), descubrí el movimiento, la versatilidad, la diversidad de situaciones que uno puede vivir. Y me decidí por hacer. Hacer algo. Sobre todo lo que quiero hacer. Y Calamaro canta que “no sé lo que quiero/ pero sé lo que no quiero/ sé lo que no quiero/ y no lo puedo evitar/ puedo seguir escapando/ y aún lo estoy pensando/ estoy pensando pero estoy cansado de pensar”.

6 de enero de 2009

X Libris – Año nuevo, blog nuevo

X Libris nace de la pasión por los libros; en toda mi vida me he visto atraído por ellos: de pequeño amaba los almanaques y los de geografía, más tarde los de literatura y los diarios personales, últimamente los libros de artista, que es donde se funden (y confunden) la palabra con la imagen.
En un inicio me llamaba la atención sólo el contenido (no era consciente de ello), pero, poco a poco y de manera consciente, me he ido interesando por la forma, por el libro como objeto.
El taller de poesía en la universidad, mis clases de arte y grabado, el curso taller de restauración y encuadernación de documentos bibliográficos y hemerográficos, y de elaboración de cajas protectoras para libros: todo lo que he aprendido en los últimos años viene a parar aquí.

5 de enero de 2009

Así como la canción:

año nuevo, blog nuevo.

Silvia´s words (en espiral)

“Soy un remolino de ideas, una cascada de inquietudes y un abismo de incertidumbre. Mi existencia multiplicada a la décima potencia por el infinito da como resultado una fusión extraña de elementos que no tienen absolutamente nada que ver con lo que hablo; la misma historia que se vive es la misma que se escribe; por lo tanto la idea del eterno retorno planteada por Kundera no es más que la aseveración de que no existe pasado, presente o futuro, porque todo vuelve a ser punto de origen; y si quiero ponerme más heavy con mis análisis debo primero descifrar la enorme laguna mental que tengo en torno a mis recuerdos.”

Leí esto y sentí una revelación.
“Vos sabés de la vida”, le dije.
Y quise darle un beso Bugs Bunny.

3 de enero de 2009

Partir de cero

0.
Augusto Monterroso en La letra e, fragmentos de un diario