30 de agosto de 2008

Con qué gracia se besan

Con qué gracia se besan los feos, los sucios, los locos. Con qué ansias. Se besan tan feamente, tan suciamente, tan locamente. Se besan y no se dejan ir. Se entrelazan hasta con los dientes. Sus dos bocas completan un limón. Y no se dejan ir. Saben que no hay más.

28 de agosto de 2008

Los Melaza y el arte contemporáneo

26 de agosto de 2008

El libro de Calvin y Hobbes

En algún momento pegué estas dos tiras cómicas (de Calvin y Hoobbes, para variar) sobre cartón y las laminé. En algún otro momento fueron mi marcador de lectura. En este otro momento son un post.

24 de agosto de 2008

“El circo” de Salarrué

Se azuló la noche. En medio del solar oscuro, el circo era como una luna desinflada. Parecía la chiche de la noche, onde mama luz el cielo. Un chilguete manchaba de norte a sur el espacio y las gotitas zarpiaban el horizonte hasta la oriya del mundo.
Mito y Lencho, los dos hermanitos, miraban asombrados, por un juraco, cómo aquel señor que le decían Irineyo Molina, se bía hecho payaso en un dos por tres. Taba sentado en un cajón, jumándose un puro, y con cara enojosa de hombre. Por el hoyito se véiya bien que le daba la luz de un carburo en la cara chelosa de harina. Abajo, junto a la goliya plisada, asomaba el cuello prieto de su propio cuero. Más allá, el negro Jackson sembraba una estaca, con una almágana. A cada golpe de juelgo, la estaca se hundía un jeme. Recostado en unos lazos, templados como cuerdas de violón, estaba un volatín.
- Apartáte, baboso.
- Peráte, quiero ver.
- Te vuá zampar una ganchada, Chajazo.
- ¡Achís!, sólo vos querés mirar…
- A yo no mián dejado…
- ¡Baboso, baboso, ayí entró una piernuda vestidedorado. Sestá componiendo la atadera.
La cipotada ondeó, como un tumbo de carne; reventó en empujones y se vació sobre la carpa, derrumbando al lado diadentro un rimero de sillas. Se oyeron voces de hombre, furibundas, y pasos amenazadores. La cipotada se dispersó a la carrera, haciendo sonar con sus talones la panza de tambor del descampado. Se confundió entre el güevazo e gente silbando y riendo. Un sapurruco en camiseta, con unos grandes gatos que parecían de madera, salió encachimbado por debajo de la lona, con un acial en la mano. Llegó hasta el andén, mirando de riojo; escupió un salivazo con tabaco, y se metió otragüelta por debajo. Dos o tres chiflidos le condecoraron el fundiyo. El humo de los candiles y de los puestos de pupuseras ponía llanto en los ojos de aquella alegría. La manteca, ricién echada en las sartenas de las pasteleras, se oiba escandalosa, como cuando meya el tren. Las garrafas, en los mostradores de los chinamos, parecían jícamas de vidrio, que se bieran convertido en cocos. El guaro clarito temblaba adentro y dejaba descurrir su tujito embolón.
Las gentes iban entrando, guasonas, al circo. Daban su tiquete y levantaban la cortinenca de añididos, onde había unas letras que naide entendía, porque naide leyiya en el pueblo.
Una bandita descosida empezó a sonarse, allí dentro, debajo diaquel gran pañuelo. La buyanga sizo mayor, y las gentes empezaron a codearse por entrar a coger puesto.
Por tercera vez sonó la campanilla que daba güeltegatos de plata en la aljombra de la ansiedad. Un silencio profundo se agachaba, cargado de corazones, como una rama de mango. De una patada se abrió el telón de los secretos; una pelota de colores vino rodando hasta el centro del picadero, y, con un grito de sollozo burlón, el payaso se irguió amelcochado, bonete en mano, con algo de piñata y algo de barrilete. De golpe se descolgó, en el redondel, la cortina de tablitas del aplauso.
Vestidos a medias y de medias, los volatines y volatinas, en escuadrón, avanzaron marciales, con los brazos cruzados sobre el pecho y sonriendo con sonrisa postiza. Detrás, en dos caballencos ahumados como los del carrusel, que llevaban colas de gallo en la frente, venían las masonas, vestidas de espumesapo y sentadas, con una nalga, en el mero chunchucuyo de los caballos. Cerrando chorizo, iba un chele vestido dentierro, con un chiliyo bien largo; y un viejo bigotudo, jalándole las narices a un pobre oso medio bolo. Más detrás iban los guachis, con cotones de colores llenos de chacaleles. La música sonaba, toda ella, chueca y destemplada, como mocuechumpe.

***

En aquel pueblo de niños, sólo los cipotes se bían quedado ajuera. Ispiaban por onde podían, subiéndose algunos hasta las puntas de los cercanos jocotes, contentándose con ver el bailoteo de uno quiotro trapo de color, o el relámpago misterioso de las lentejuelas en las mecidas de los trapecios.
Los niños ajuera, los grandes adentro… El circo era como la felicidá, que se la cogen quienes menos la quieren. Los cipotes se conjormaban viendo la alegriya luminosa, por un hoyito, entre tablas y piernas oscuras. Mito y Lencho, los dos hermanitos, se bían retirado dionde bían miradores, porque les taban rompiendo toda la camisa. Sin embargo, cada granizada de aplausos los empujaba de nuevo a la carpa. De chiripa se hallaron un juraquito bajero, que los otros no bían encontrado. Con el dedito inano lo jueron haciendo más grande, y miraban por turnos.
Cuando más extasiados estaban, mirando, mitá y mitá que la piernuda caminaba sobre el alambre como sobre el viento, un guachi, con una tablita, los cogió de culumbrón, soñadores e indefensos. Les dio con todas sus juerzas, el bandido jalacolchones; y ellos, dando alaridos, salieron corriendo y sobándose la nalga, ardida como con plancha caliente. Fueron a contarle a la mama; y la mama, cogiéndolos debajo de sus alas desplumadas, maldijo al miserable:
- ¡Disgraciado, quiá de pagarlas un diya en los injiernos!
Lencho rumió, en su corazón de niño perdonero, aquella frase; y, tras un rato de silencio, preguntó:
- Mama, ¿yen el injierno habrán hoyitos para mirar lo que andan haciendo en el cielo?

22 de agosto de 2008

Varietés

Era como ir a misa los domingos a escuchar la palabra de Dios. Me levantaba temprano, no me bañaba, desayunaba, hojeaba el periódico, y a las diez treinta de la mañana estaba ahí, en canal diez, el único programa interesante que he visto por televisión nacional y que, no sé si casualmente o con toda razón, no era una producción nacional (en realidad había y hay otros programas interesantes, sólo los he obviado para enfatizar). Varietés: hermosa palabra: todo cabía. Circo, malabares, magia, payasos, gimnasia, teatro, títeres, mimos, canto, música, poesía, todo. Ahora ya no lo pasan y, como es de esperar, ya casi no veo televisión. Un día, viendo un episodio de estos varietés, escribí.

***


Poema de varietés

Se abre el telón,
la música comienza
a escribir el poema en el escenario.
Aparece el artista, el actor, el poeta,
el que es como todos: distinto,
el que con sus manos
comienza a barajar las palabras,
las corta,
las reparte entre los asistentes,
las desaparece
en labor encomiable de prestidigitador.
Y luego se vuelven duras las palabras
como esos bolos
que sirven para hacer malabares,
y dan vueltas en el aire:
roma se vuelve amor,
asir
se vuelve risa
y ríen los presentes
porque el payaso hace malabares con bolsas
vacías
donde caben cada una de sus cabezas.
Otros lloran, otros no están ahí
y si están
frente al gimnasta que seduce a su pareja.
Sus cuerpos se mueven,
se unen, se mezclan como el agua
-¡agua frotándose con agua!-
en el escenario contenida
como en una vitrina.
La música sigue.
La pareja es ahora un violín y un piano,
y se hablan con música.
Él dice con notas:
“te necesito para esta canción”,
y ella responde con la mirada
de un si sostenido
mientras el telón va cerrándose,
mientras el poema sigue bailando,
cambiando de escenarios y actores
constantemente.

8 de agosto de 2008

“Meta la mano, todo está revuelto”

Cada vez que voy al centro de San Salvador me sorprende. Hoy, uno de agosto de dos mil ocho, quedé de verme con unos amigos en la Plaza Barrios. Y, no queriéndolo, coincidimos con el final del desfile de correos de las fiestas agostinas. Esto justificó el ver más gente de lo normal, más gente anormal de lo normal, más basura de lo normal, más revuelo de lo normal. En otras palabras más centro de San Salvador de lo normal que, dicho sea de paso, es demasiado, siempre.
Me parecía que el desfile no había terminado, que seguía sólo que disperso. En la Plaza antes mencionada había una tarima atiborrada de reinas de barrios, bailarines de colegios, payasos, y hasta políticos (con toda seguridad). En la calle, quiero decir a media calle, una niña se bajaba su calzoncito para hacer pipi, mientras su madre (o su abuela) le sostenía los dulces recolectados a lo largo del desfile.
Como uno de mis amigos tenía que comprar unos zapatos, comenzamos a buscarlos en las tiendas de la Calle Rubén Darío. Llegamos hasta el outlet de Adoc, media cuadra arriba de Simán (valga el doble comercial). Buscamos y buscamos entre la gran cantidad de modelos “pasados de moda” y me llamó la atención un par de zapatos, los admiré como quien no anda buscando zapatos ni etiquetas de precios. Cuando los volteé para ver las suelas no lo podía creer: en el sticker del código de barras estaba el nombre del estilo: Efraín. No los compré, aunque ganas no me faltaron: lo que sí me faltaba era el dinero. Dinero que bien pude ocupar para comprar un par que me probé, que estaban hechos para mí: cafés con anaranjado y amarillo, de cuero, tight, ni apretados ni holgados, simplemente para mí (o para el otro yo que anda en alguna parte del mundo y que sí tiene dinero). Como no pude comprarlos y ser feliz, traté de buscar otra cosa que me causara placer, por lo que dejé a mis amigos en la tienda para buscar algo de comer. Recordé que una vez comí unas chuletas de cerdo exquisitas en un restaurante a la vuelta de Simán, el Coma pronto. Yendo hacia ahí, en la esquina, tuve una revelación: dos pupusas por la cora en un lugar al aire libre. Me quedé. Seis pupusas en total. Un record. Después de comer permanecí un rato más viendo a la gente vendiendo pomadas para los hongos, matarratas, juegos de video o cualquier cosa imaginable o inimaginable, o simplemente pasando.
Al rato llegaron mis amigos para seguir el camino hacia la Sala Nacional de Exposiciones “Salarrué”, para ver la recién inaugurada retrospectiva de Miguel Ángel Polanco, que, dicho sea de paso, me dio clases de dibujo y óleo un par de meses.
En el camino, en un canasto de dulces, alcancé a ver una de esas frutas de plástico de las que compraba cuando chico, de esas que contienen azúcar saborizada. Me entró un arrebato de nostalgia y compré una de fresa y la fuimos comiendo en el camino. También en el camino vimos predicadores gritando y un par de tipos bañándose desnudos en plena calle. El desfile es permanente, creo.
Vimos la exposición y salimos. Conversamos un rato en el parque Cuscatlán, y emprendimos de nuevo la búsqueda del par de zapatos bajando sobre la calle que pasa atrás del FSV y el Parque Bolívar (2ª calle nosequé). Llegamos al Black Market. “¿Qué venden?”, nos preguntaban. Y yo sin nada. Sólo mi alma. Unos señores vendían baratijas (aunque si las estaban vendiendo es porque alguien las busca, por lo tanto no son tan baratijas que digamos): controles remotos y celulares extremadamente grandes (de los primeros que salieron, quizá), antenas, zapatos viejos, etcétera. “Los vendelotodo”.
Para no hacer largo el cuento, los zapatos los compró en la avenida España, unos clásicos Adoc 5000. Y ya que estábamos cerca, fuimos a buscar los cines Universal y Metro, que son los únicos que todavía pasan películas para mayores de 21 años. Los encontramos cerrados por la hora (ya eran casi las siete), aunque en realidad sólo queríamos saber su ubicación. En el Metro, el doblazo de “estrenos” era: Rocco complace a Trinity y Las taxistas insaciables, ambas “en colores”.
Y bueno, parafraseando al vendedor de películas piratas “dos por el dólar” (de quién he tomado el título de este post): hay que meter la mano, hay que meterse por completo en el centro de San Salvador y volver y revolver (si es que se sale vivo de la revuelta).

Dibujando con Stravinski

Dicen que el Distrito Italia, en Tonacatepeque, es de lo peor. Y yo digo que no. Que hay un salón en la segunda planta de un Centro Escolar donde uno puede abrir las ventanas, todas, y ver los montes que se alzan próximos, y ver el aire que entra sin pedir permiso y que mueve los ventiladores de techo que ya estaban moviéndose por efecto de la energía eléctrica. Que todo lo que se quiere llega desde lugares insospechados a ese otro lugar insospechado que algunos prefieren llamar, ilusamente, corazón. Que uno, solo, puede dibujar por una o dos horas un simple bodegón, escuchando El pájaro de fuego, Petrushka y La consagración de la primavera, todas de Stravinski, una tras otra, y sentir que el lugar es un pequeño Shan-Gri La.

Countdown to extinction

La música es una de las cosas que más me gusta. Toda (o casi toda). Tengo, sin exagerar, sabiendo que otros tienen muchos más, casi cien discos de mp3 o, lo que es igual, casi quince mil canciones. El disco duro de mi computadora, de apenas cuarenta gigas, está topado. Hay un porcentaje de canciones que no he escuchado más de una vez, que sólo llegó a mí y se quedó no sé por qué razón (o falta de ella). Y siempre voy buscando nuevas formas de clasificarlas, a veces por géneros, otras alfabéticamente, por artistas, por años; hay veces que recuerdo canciones que no tengo en el disco duro, pero, teniendo una lista, es fácil encontrarla y copiarla al disco duro y disfrutarla. Esto había funcionado para mí hasta hace poco.
Me estoy aburriendo de la música de siempre. Necesito más (académica y jazz me vendría bien). Lo último que se me ha ocurrido es deshacerme de todo lo que tengo en la PC, ir borrando cada álbum después de escucharlo por “última vez”. Esto, como es de esperar, me pone reflexivo y existencial al momento de escoger qué escuchar, pues sé que será una despedida, una baja, una muerte (al menos mientras no se me ocurra su resurrección, la cual, espero, no sea pronto). También me he sentido obligado a escuchar algunos que tenía subestimados, tirados por ahí, y que, como por arte de magia, se vuelven pequeñas joyas en un momento preciso. Hoy, que he pasado trabajando en la computadora y oyendo mucha música, murieron el Diario de Cultura Profética (el que más me gusta), Out of exile de Audioslave (lo había escuchado poco y me pareció muy bueno), Vile de Cannibal Corpse (una buena sacudida), The wall de Pink Floyd (siempre me pone de muy buen humor, a pesar de lo blues), Hagan correr la voz de Non Palidece (para cantar un poco), The singles collection de The Specials (Ghost Town me trae buenos recuerdos), Antichrist superstar de Marilyn Manson (no sé, me gustaba antes) y, como el título del post lo anuncia, el Countdown to extinction de Megadeth. Como diría Mustaine: “I´m addicted, addicted to chaos”.

Media hora de Star Channel

- La diferencia (Vicente Fernández)
- La del discovery channel (Bloodhound Gang)
- Todos me miran (Gloria Trevi)
- Domino dancing (Pet Shop Boys)
- Stars are blind (Paris Milton)
- El tuculote (Jhosse Lora)
- Under my umbrella (Rhianna)
- La de Superman (La Quinta Estación)

Lo que no ha sido:

Cirque du Soleil,
sobre todo el Zumanity.

Vacaciones

10 días sin publicar.
Un record.